Adrián integra el equipo del Nivel Medio desde 2002. Inicialmente como profesor de Literatura de 4.° y 5.° año, desde 2008 como Director de Estudios y actualmente como Rector, nos cuenta en esta entrevista cómo enfrentó junto a su grupo de trabajo los desafíos que se plantearon a lo largo de este año tan particular. De qué modo logró establecer canales de comunicación con las familias de los alumnos, y cuáles fueron los factores que priorizó a la hora de garantizar la excelencia académica y los vínculos afectivos, ambos pilares fundamentales del CSA.
Por Flavia Mameli
F.M.- Adrián, este año nos convocó a reconfigurar nuestra modalidad de trabajo. ¿Cómo se afrontó desde el nivel medio ese desafío?
A.M.- Al principio fue algo vacilante porque no sabíamos cuánto iba a durar esta etapa. Hubo incertidumbre, pero por otro lado nosotros tenemos una ventaja, tenemos un camino recorrido a lo largo de varios años. En nuestro equipo hay resiliencia, adaptabilidad al cambio que todo el plantel del nivel medio tiene como natural. Somos dúctiles, somos una escuela que aprende. Además teníamos un camino recorrido en el uso de G Suit. Entonces, y a medida que este escenario se fue convirtiendo en una normalidad, nos fuimos adaptando. Hay un gran grupo de trabajo, somos más de cuarenta y no somos un equipo mezquino. No veo que nos haya costado tanto lograr el dictado de las clases. Hubo muchas charlas con los coordinadores, los profesores fueron aportando ideas… Afortunadamente, en mi caso, tengo estudios de posgrado a distancia y esa experiencia me permitió tener claro qué se puede pedir y qué se puede esperar. Por otro lado, hay que señalar que somos privilegiados. Todos nuestros alumnos tienen computadoras, teléfonos y buena conectividad, todo eso les permite conectarse sin dificultades desde sus casas. Internamente, nosotros tenemos claro el organigrama, sabemos cómo manejarnos según protocolos -ahora que esa palabra se usa tanto- establecidos, sabemos a quién recurrir en cada caso. Y también nos permitimos la duda, equivocarnos, y es en esos grises donde surgen la novedad, la creatividad, las respuestas a esta situación tan inesperada.
F.M.-Uno de los grandes temas en educación tiene que ver con la evaluación. ¿Qué aspectos se están ponderando para llevar adelante las instancias de evaluación y calificación?
A.M.- El primer cuatrimestre fue desafiante, porque se iba corriendo la línea de llegada a cada minuto. Y se pateó el tablero cuando nos dijeron que no íbamos a poder poner notas, sino que íbamos a tener que hacer informes ponderando la evidencia de aprendizaje de los chicos. Para el nivel secundario, sacar las notas numéricas y trabajar con conceptos -suficiente, parcialmente, etc.- es instalar un paradigma completamente diferente. Entiendo la toma de decisión desde el Ministerio, porque en la Ciudad de Buenos Aires hay distintas realidades y nosotros tenemos todas las posibilidades de acceso, no solo nuestra población sino los docentes también. Sucede que nosotros hacemos mucho hincapié en los procesos de aprendizaje, no sólo en los resultados. De todos modos, yo creo que los chicos lo han entendido, porque están estudiando, y mucho. El primer cuatrimestre, como ya te dije, fue desprolijo, pero hubo un gran aprendizaje. Ahora estamos mucho mejor organizados. Pensemos que a ningún docente de los que estamos actualmente integrando el equipo nos formaron para trabajar con este sistema, ni siquiera a los más jóvenes. Estamos haciendo una experiencia de autodidactismo aceleradísima, de aprendizaje colaborativo enorme, con los aportes de uno y de otro, el boca a boca, desde lo formal hasta lo más espontáneo… Me parece que estamos aprendiendo muchísimo. Todo ese proceso nos va a permitir, más adelante, no volver a la perspectiva contenidista. Creo que el gran cambio está ahí.
F.M.- El vínculo con las familias es central para lograr los objetivos que nos planteamos. ¿Qué ajustes hubo que hacer para lograr una comunicación fluida con los padres?
A.M.- El pilar de ese vínculo es Majo Belgrano, Coordinadora del Nivel Medio. Su rol es fundamental. Majo es impecable en la comunicación con los padres. Es muy clara y además es exalumna, exprofesora, pertenece a la comunidad agustina. Viene de una familia numerosa, de ocho hermanos, y conoce a una cantidad de gente que siempre me sorprende. Fue guardavidas en el campo de deportes, ha ido a campamentos... Pero además tiene una capacidad de trabajo impresionante y es supereficiente. La figura de Majo es muy importante. Y también el sistema de tutores que coordina Nicolás Schiaffino es clave. Nico es muy expeditivo y muy claro. Está buenísimo que existan esas dos figuras, tanto desde lo logístico como desde el acompañamiento. Contar con quienes saben dirigir las inquietudes y los emergentes es fundamental. Por otro lado, San Agustín siempre fue de puertas abiertas. También hay una organización de familias delegadas, y eso ayuda… Yo creo que la clave está en saber escuchar y tener las cosas claras. Los padres tienen que saber que no siempre van a recibir la respuesta que quieren, y eso es muy importante para un colegio: saber hacia dónde nos dirigimos. A ver, estamos unidos en una responsabilidad con respecto a los chicos, pero no hay relación de clientelismo. Mientras seamos claros, la cosa funciona.
F.M.- Cada año los chicos esperan con mucho entusiasmo el proyecto Casas Agustinas. ¿Cómo es la edición 2020 de Casas?
A.M.- El proyecto Casas está superacotado, meramente se está avanzando en la competencia intelectual, a partir de trabajos prácticos por materias. Propusimos a los capitanes de este año hacer una jornada de juegos virtual pero ellos no quisieron avanzar. Este año es difícil, pero fijate que las acciones del Servicio Social Agustino sí están teniendo más lugar.
F.M.-¿De qué modo se pudo sostener el compromiso con la comunidad?
A.M.- No están las clases de apoyo que dictan los alumnos, pero la Comisión de Solidaridad de la Unión de Padres de Familia empezó a armar cajas con alimentos para asistir a 56 familias. Ya concretamos la segunda entrega de cajas. Cada casa se está encargando de armar parte de esos envíos, que por supuesto son tan necesarios en este momento. El proyecto de animadores sigue funcionando... Pero fundamentalmente se está colaborando con las cajas con alimentos.
F.M.- ¿Qué es lo que más extrañás del colegio a lo largo de estos meses?
A.M.- Extraño estar, el día a día, caminar por los pasillos, ver a los chicos, ver a los docentes, hacer un chiste, advertir un gesto que no es el habitual y poder preguntar si pasa algo. Y viceversa, porque más de una vez lo han hecho conmigo también. Extraño el contacto, la cotidianeidad. Y tal vez más mezquinamente, extraño tener un horario de trabajo, ja, ja... Es muy difícil cortar, por más que uno quiera organizarse. El celular suena constantemente, el sábado, el domingo. Ahora no podemos decir: “Adrián no está, ya se fue”. Pero por otro lado, lo bueno que veo de esta pandemia es que nos permitió estar, por ejemplo, en la celebración de Santa Mónica y en otros eventos. Ahora alcanza con conectarse. Cuando tenés que trasladarte hay otro desgaste, otra exigencia y no siempre podés llegar. Aunque no sé qué es mejor y qué peor… Sí creo que el hecho de haber establecido que las cámaras de los chicos deben estar encendidas, entre otras decisiones, nos permite la socialización. De hecho, hoy recibimos un mensaje de una mamá preguntándonos si no habíamos pensado en generar espacio de recreo en Zoom para que los chicos pudieran hablar entre ellos, libremente. Me pareció buena idea, a mí ni se me había ocurrido. Vamos a ver si logramos un espacio de recreo para que quien quiera se conecte.
F.M.- Más allá de la pandemia y el aislamiento, ¿cómo ves a nuestro colegio?
A.M.- Para mí lo importante es que es un colegio muy vivo. Me gusta que la tradición no se lo haya tragado como arena movediza. Siempre pienso en eso cuando atravieso el hall de entrada y veo la vitrina con un montón de trofeos. Veo qué importante ha sido el San Agustín para el rugby, para el fútbol, y pienso en los museos, si uno no les da mirada, el museo no es más que un depósito. Cuando entrás a San Agustín, atravesás esa puerta doble de madera que te conduce como a Alicia a través del espejo.
F.M.- ¿Cómo ves nuestro trabajo a futuro?
A.M.- Tal vez tengamos que dejar afuera algunos contenidos, rever a qué nos vamos a dedicar. Yo sigo creyendo que la educación es la única salida para una sociedad. Para mí es fundamental no penalizar el error, porque si penalizás el error, generás miedo, y ahí perdiste, porque el miedo paraliza. Nadie se muere por pedir disculpas. Ese es un aspecto importante. Otro tiene que ver con rescatar lo más lindo que tiene la docencia para mí, que es ese momento en que ves a un chicos que te dice: “Ah…. ¡Eso era!”. No hay nada que se compare con ese momento. Aunque tiene su contracara, porque es tal el compromiso que uno tiene que… ¡Mejor no pensarlo!
F.M.- Bueno, pero es una tarea que no se hace en soledad.
A.M.- Sí, es cierto. Somos muchos. Pero además está el rol de los padres. Lo que pasa es que yo pienso, si yo no te doy el máximo que puedo y si no te exijo el máximo, te estoy estafando. De todos modos hay que pensar que muchas cosas están cambiando. Por ejemplo, es necesario que empecemos a ser más flexibles, porque en clase va a haber un 20 por ciento que va a solucionar una cuestión de determinada forma, otro 20 por ciento que va a resolver de otra manera, otro 20 por ciento que va a estar más perdido... Ese va a ser nuestro máximo desafío. Además, somos un colegio inclusivo. entonces tenemos que aceptar las diferencias, las distintas capacidades, y sin perder de vista que somos un colegio muy exigente. Va a costar, pero vamos a poder hacerlo.



