Dentro de los conceptos que se incluyen en el área que comprende la Inteligencia Emocional, las habilidades sociales ocupan un lugar fundamental. En estos momentos en los que se intensifica la convivencia familiar, resulta imprescindible ser capaz de entrenar y poner en práctica esas habilidades, y así fortalecer los vínculos afectivos.
Para encarar esa tarea, es importante recordar que a la hora de adquirir hábitos se pone en juego la neuroplasticidad de nuestro cerebro. Se trata de un proceso que se inicia cuando se activan nuevas operaciones, hasta que finalmente se naturalizan y comienzan a circular de manera más fluida (tarea que la pandemia nos obliga a realizar constantemente).
Entre las habilidades sociales, creemos importante señalar la primera de ellas, la empatía. Se trata de la capacidad de ponerse en el lugar del otro, en sus zapatos, como se dice habitualmente. Hoy, justamente, queremos dedicar especial atención a un concepto que incluye y que atraviesa a la empatía: la comunicación efectiva-afectiva.
Ese tipo de comunicación implica la habilidad para poner en práctica la escucha generosa, para darle al otro el lugar y el espacio para que pueda expresarse. En esa tarea, será bueno advertir que no debemos hacer ningún tipo de recorte, ni poner los argumentos y pensamientos del otro en tela de juicio. En cambio, se trata de generar un ámbito en el que alguien a quien apreciamos pueda mostrar y expresar su propia verdad. Lo haremos sin buscar la razón respecto de lo que creemos que esa persona debería modificar, hacer, pensar o sentir. Se trata de estar disponibles, desde la presencia, y de aceptar el registro ajeno y las distintas percepciones acerca de lo que se está viviendo.
Ahora bien, cuando nos conectamos desde esa mirada que proponemos y que consideramos empática, deberemos estar atentos para activar aquello que llamamos los tres filtros de la comunicación efectiva. Veamos en qué consisten y a través de qué preguntas sencillas es posible encaminar aportes significativos hacia otros.
- En primer lugar, lo que quiero decir, ¿es cierto? En este punto se pone en juego la noción de respeto, ya que ese interrogante implica interpelar mi verdad respecto de lo que otros piensen o sientan.
- En segundo lugar, ¿es bueno? Se trata de evaluar si mi aporte será beneficioso, enriquecedor y si fortalecerá el vínculo entre las personas.
- Por último, ¿es útil?, ¿sirve realmente? Es importante recordar que según este enfoque el concepto de utilidad implica el crecimiento y el bienestar de las relaciones interpersonales.
Si logramos atravesar los tres filtros, y si no arrojamos sobre el otro nuestras propias falencias y dificultades -operación habitual en la que transferimos lo que nos cuesta aceptar en nosotros mismos-, los aportes que hagamos serán recibidos sin resistencias. En otras palabras, lo que digamos no irritará ni dolerá a quien deba escucharlo.
Estamos atravesando una etapa de cuarentena que nos ofrece una buena oportunidad para conocernos. Para hacerlo, será interesante preguntarnos por qué me molesta tanto este rasgo de esa persona, por qué me exaspera y me exige tener la razón, por qué busco ganar el control sobre el vínculo con el otro.
Para terminar, y en pos de los objetivos que hasta aquí tratamos de plantear, es importante que los adultos podamos identificar qué necesitamos y, luego, formular pedidos concretos. Así podremos pedir ayuda a la hora de cumplir con distintas tareas -tanto domésticas como laborales o académicas-, y dejar en claro qué nos gustaría que hicieran aquellos con quienes compartimos las rutinas y lo cotidiano. Será bueno verbalizar esos pedidos, con claridad, y también será conveniente expresar cuáles son las actividades y acciones en las que estamos dispuestos a colaborar.
Paso a paso, si somos capaces de tener pequeños gestos amorosos, pronto veremos cómo y cuánto mejora la comunicación con nuestros afectos.
Silvina Fernandes



